-
-¡Víctor!, tráeme una taza de
café.
- -¿Está seguro doctor Vuntich?,
esta es su décima taza.
Estas palabras eran muy sonadas en la
oficina de Giorko Vurtich, que desde hace un buen tiempo había estado ocupado
resolviendo los problemas mentales de todos los pacientes que iban a su
consultorio. Giorko era un psicólogo de alto prestigio, podía resolver los
grandes problemas de las personas y se especializaba en casos de psicología
clínica.
Una fría noche de invierno, Víctor estaba
cansado de los mandados del doctor. Todo el día le había estado ordenando hacer
ciertas cosas que realmente lo habían saturado. Sin pensarlo dos veces, el
asistente decidió pedirle permiso a su jefe para poder retirarse a sus
aposentos y descansar ya que estaba totalmente agotado. El doctor accedió fácilmente a su pedido sin prestarle
mucha atención, quedándose solo en su oscuro y gran consultorio. Este
consultorio fue parte de la herencia que Giorko recibió por parte de sus
abuelos paternos. En ese lugar había pasado gran parte de su niñez, era el
único nieto, por lo que al verse solo no tardó en crearse un amigo imaginario,
que lo acompañaba a todas partes y siempre estaba presente para él. Fue tanta la conexión entre Giorko y su amigo
imaginario que al transcurrir el tiempo este no se iba de su pensamiento,
llegando al punto de poder visualizarlo. Esto llegó a ser un gran problema para
él, ya que su familia tuvo preocupaciones pensando que tenía algún tipo de
alteración mental. A consecuencia de todo este suceso, sus padres terminaron
por internarlo en un hospital psiquiátrico. Fue en ese momento donde adquirió
la pasión por su profesión, interesándose por la gran ayuda brindada por parte
de los psicólogos y psiquiatras.
Después de
concluir todo el trabajo correspondiente, el psicólogo se puso a meditar
en la oscuridad de su consultorio. Estuvo recordando todos los momentos
transcurridos en aquella casa. Recordando los divertidos momentos que había
pasado con su amigo imaginario en el largo pasadizo de la casa de su abuelo.
Estuvo recordando con una sonrisa marcada en la cara, le daba mucha gracia el
hecho de tener a su amigo imaginario. Estuvo meditando un largo tiempo cuando de repente sintió una
fina mano que lo cogía por el hombro, sufriendo un escalofrío por todo el
cuerpo.
- -No quise asustarlo doctor.
- -¿Quién eres tú? ¿Qué haces
aquí? – respondió el doctor en un tono de voz nervioso.
- -Soy Edward, he venido porque el
hospital Claux me ha dicho que lo que necesito es ayuda psicológica.
- -Yo te puedo ayudar con eso,
pero primero me gustaría saber cómo lograste entrar.
- -Bueno, la verdad es que
encontré la puerta abierta y yo sabía que usted estaba adentro.
El doctor se quedó un poco extrañado, pero
no tuvo temor alguno en platicar con el enfermo mental. Estuvo hablando mucho
tiempo con el señor, no sentía que este estaba mal de la cabeza. Sus palabras
tenían sentido y sus oraciones ilación, lo que era raro en algunas personas con
esquizofrenia.
Giorko se sentía muy relacionado con esta
persona, tenían los mismos puntos de vista, a ambos les encantaba el equipo
local de futbol minskense, además aunque le pareció muy extraño, Edward le
decía que había asistido al colegio número 8 de Minska, el mismo al que había
ido el doctor. Todo era muy raro, Giorko sentía que esta persona había seguido
sus mismos pasos en la historia de su vida.
- -¿Y tú?, si te veo tan normal y
con una vida tan ecuánime, ¿qué te hace venir a una consulta con un psicólogo?
- - Mi vida siempre me ha parecido
muy bella, he podido tener todo lo que he querido, no pude vivir con mis padres
ya que ellos habían fallecido cuando yo tenía una corta edad. Pero esto no fue
una limitación para mí, ya que fui acogido por un par de ancianos, los que cuidaron
de mí, no hablaban mucho conmigo, pero yo tenía una amistad muy cercana con su
nieto, sentíamos que éramos hermanos.
- - Pero, ¿Qué pasó? ¿Acaso hay algo malo en todo
esto?
- -Hace mucho tiempo que él me
dejó de lado, me sentía muy a gusto con él pero de un día para otro se olvidó
completamente de mi existencia.
Giorko se quedó sin palabras, se sentía muy
involucrado en todo lo que Edward le contaba. Se sintió muy triste por este
pobre paciente y se le cayeron algunas lágrimas sintiendo un fuerte dolor dentro
de sí.
- -Gracias por haberme escuchado –
dijo el paciente, respondiendo al silencio.
- -No te preocupes, es parte de mi
trabajo.
- -Me siento bien de poder haberte
dicho todo lo que siento y el mal que me has hecho...
echo por : Sebastian Berrocal, Franco Sangali y Alvaro Granado
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