Libro en la mesa,
cabeza al borde de explotar. Así era la vida de Alejandro en la universidad.
Solo él y el libro. No tenía otra opción. Comenzó a resonar el lápiz contra la
mesa y después de haber estado concentrado en el movimiento del lápiz, no pudo
más, dejo las cosas de lado y se tiro en
su cama.
Trato de despejar
su mente pensando en otras cosas. Pero nada funcionaba. Aun no dejaba de pensar
en el montón de libros en su mesa. Su examen era al día siguiente y debía hacer
algo al respecto. ¿Qué hacer? ¿Pedirle a alguien que le explique?
Era inútil. No tenía
el número de ninguno de los de su clase. ¿Qué tal si alguien le conseguía el
examen? No confiaba en nadie en realidad. Tenía que entrar al centro y
conseguir su examen como sea a media noche cuando nadie estaría.
La universidad no
era tan segura, a esa hora no había cámaras de seguridad, era su solución. Sin
pensarlo dos veces se paró de su cama, cambio sus ropas y guardando algunos
objetos esenciales en una mochila pequeña decidió ir a la universidad por su
examen.
Pero había un
problema, sus padres aún estaban despiertos en la casa. Bajo las escaleras, vio
a sus padres en la cocina, entro, tomo una botella de jugo de naranja que había
en el refrigerador y se sentó con ellos. Trato de pesar que hacer para que se
fueran a dormir ya.
“Mama, ¿Cómo ha
estado tu día?” Pregunto tratando de hacer conversación. “¿Muy bien, hijo.”
Tomando un trago más del jugo, el sudor le resbalaba por la frente. No sabía cómo
mas distraerlos. Por suerte su madre intervino. “Alejandro, ¿Cómo van tus
estudios? Ya se acercan los finales.” Sus ojos se abrieron como platos. Debía
idear una salida rápida. Se volteo para bota la botella de jugo y aprovecho
para secarse el poco sudor que le caía. Respiro hondo y pensó que debía pasar
sin sospechas.
Se dio la vuelta
hacia ellos. Y la miro con una sonrisa. “Tú no te preocupes mama, mañana veras
que me ira bien en el último examen. Esta vez mejor que antes.” He estado horas sentado en la mesa
con varios libros.” Dijo Alejandro abrazándola y haciéndole el cariño que a su
madre le gustaba.
“Me alegra oír
eso, hijo.” Lo había logrado. Si tan solo pudiera ahora mandarlos a dormir.
Fingiendo un bostezo añadió. “Ahora lo único que necesito es descansar.” Su
madre lo miro y sonrió. “Sabes que, creo que nosotros deberíamos hacer lo mismo.
¿Verdad amor?” Dijo mirando a su esposo. “Creo que sí. Nada mejor que dormir
después de un día agotador.” Su madre se levantó de la silla y llevo los platos
sucios al fregadero.
Alejandro no
podía ocultar su emoción. Finalmente se irían a dormir y podría llevar su plan
a acción. Se fue directo a su habitación, haciéndose parecer el chico bueno que
todo padre quisiera. Apago las luces, junto la puerta y se sentó al borde de la
cama.
La habitación de
sus padres se encontraba al lado, por ello se dispuso a esperar que no se
escuchase el menor ruido y ver a través de la puerta que las luces se apagaran.
Ya era media
noche, no debía faltar mucho a decir verdad. Alejandro se estaba quedando
dormido, sus ojos estaban cansados de toda aquella tarde en la que se pasó
estudiando para nada. De pronto sus ojos no pudieron más y se cayeron.
Todo estaba
calmado hasta que sintió algo vibrar. Algo lo despertó. Abrió los ojos, no veía
nada. Pero algo vibraba. Se dio la vuelta y vio su celular. Lo había dejado
tirado a su costado y le había llegado uno de esos mensajes de promociones.
Era media
noche y era el momento de salir.
Asomándose a la puerta de sus padres noto que ya estaban profundamente
dormidos. Asintiendo la cabeza, bajo las escaleras con el menor ruido posible.
Recogió su mochila con sus cosas del primer piso y salió de su casa.
Dándose cuenta de
que yendo en carro podría despertarlos, decidió ir caminando hasta que se
cansase. Luego tomaría un taxi, pues su universidad quedaba lejos. Caminando
algo apresurado, tampoco podía pasarse toda la noche en camino.
Trato de correr,
pero así se cansaría más. Camino un par de cuadras hasta que vio un taxi pasar
y corrió hasta que el taxi se detuvo. Le dio la dirección y le pidió que lo
llevara lo más rápido posible. Alejandro
aprovecho los minutos en el carro para respirar, tomar calma y hacer lo que le
tocaba hacer bien.
En menos de lo
que espero, el taxi llego a su destino. Ahí estaba, frente a la universidad.
Ahora era hora de entrar. Debía de haber alguna ventana olvidada de cerrar. Lo
que Alejandro no sabía era que ya era la una y algo había empezado a resonar en
los pasillos.
La temperatura
empezó a bajar. Sintió un escalofrió a lo largo de su espalda. Se asomó a una
ventana que parecía abierta y miro hacia adentro. Era una habitación que nunca había visto y lograba escuchar voces de
alguien ensenando.
Desempañado la
luna noto la singularidad del profesor dando la lección. Sus ojos tenían un
celeste cristalino y su piel más blanca que el mármol. Aquellas personas no
podían estar vivas. Quedo paralizado. Solo tuvo el control para dar un paso
atrás.
Sin querer, tropezó
con algo que lo dejo inconsciente por unos segundos. Cuando abrió los ojos, el
color negro del cielo fue reemplazado por el blanco del techo de su habitación.
Nunca más iba a dejar que el miedo a un examen lo llevara a decisiones malas.
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