martes, 9 de julio de 2013

La noche de Alejandro

Libro en la mesa, cabeza al borde de explotar. Así era la vida de Alejandro en la universidad. Solo él y el libro. No tenía otra opción. Comenzó a resonar el lápiz contra la mesa y después de haber estado concentrado en el movimiento del lápiz, no pudo más,  dejo las cosas de lado y se tiro en su cama.
Trato de despejar su mente pensando en otras cosas. Pero nada funcionaba. Aun no dejaba de pensar en el montón de libros en su mesa. Su examen era al día siguiente y debía hacer algo al respecto. ¿Qué hacer? ¿Pedirle a alguien que le explique?
Era inútil. No tenía el número de ninguno de los de su clase. ¿Qué tal si alguien le conseguía el examen? No confiaba en nadie en realidad. Tenía que entrar al centro y conseguir su examen como sea a media noche cuando nadie estaría.
La universidad no era tan segura, a esa hora no había cámaras de seguridad, era su solución. Sin pensarlo dos veces se paró de su cama, cambio sus ropas y guardando algunos objetos esenciales en una mochila pequeña decidió ir a la universidad por su examen.
Pero había un problema, sus padres aún estaban despiertos en la casa. Bajo las escaleras, vio a sus padres en la cocina, entro, tomo una botella de jugo de naranja que había en el refrigerador y se sentó con ellos. Trato de pesar que hacer para que se fueran a dormir ya.
“Mama, ¿Cómo ha estado tu día?” Pregunto tratando de hacer conversación. “¿Muy bien, hijo.” Tomando un trago más del jugo, el sudor le resbalaba por la frente. No sabía cómo mas distraerlos. Por suerte su madre intervino. “Alejandro, ¿Cómo van tus estudios? Ya se acercan los finales.” Sus ojos se abrieron como platos. Debía idear una salida rápida. Se volteo para bota la botella de jugo y aprovecho para secarse el poco sudor que le caía. Respiro hondo y pensó que debía pasar sin sospechas.
Se dio la vuelta hacia ellos. Y la miro con una sonrisa. “Tú no te preocupes mama, mañana veras que me ira bien en el último examen. Esta vez mejor que  antes.” He estado horas sentado en la mesa con varios libros.” Dijo Alejandro abrazándola y haciéndole el cariño que a su madre le gustaba.
“Me alegra oír eso, hijo.” Lo había logrado. Si tan solo pudiera ahora mandarlos a dormir. Fingiendo un bostezo añadió. “Ahora lo único que necesito es descansar.” Su madre lo miro y sonrió. “Sabes que, creo que nosotros deberíamos hacer lo mismo. ¿Verdad amor?” Dijo mirando a su esposo. “Creo que sí. Nada mejor que dormir después de un día agotador.” Su madre se levantó de la silla y llevo los platos sucios al fregadero.
Alejandro no podía ocultar su emoción. Finalmente se irían a dormir y podría llevar su plan a acción. Se fue directo a su habitación, haciéndose parecer el chico bueno que todo padre quisiera. Apago las luces, junto la puerta y se sentó al borde de la cama.
La habitación de sus padres se encontraba al lado, por ello se dispuso a esperar que no se escuchase el menor ruido y ver a través de la puerta que las luces se apagaran.
Ya era media noche, no debía faltar mucho a decir verdad. Alejandro se estaba quedando dormido, sus ojos estaban cansados de toda aquella tarde en la que se pasó estudiando para nada. De pronto sus ojos no pudieron más y se cayeron.
Todo estaba calmado hasta que sintió algo vibrar. Algo lo despertó. Abrió los ojos, no veía nada. Pero algo vibraba. Se dio la vuelta y vio su celular. Lo había dejado tirado a su costado y le había llegado uno de esos mensajes de promociones.
Era media noche  y era el momento de salir. Asomándose a la puerta de sus padres noto que ya estaban profundamente dormidos. Asintiendo la cabeza, bajo las escaleras con el menor ruido posible. Recogió su mochila con sus cosas del primer piso y salió de su casa.
Dándose cuenta de que yendo en carro podría despertarlos, decidió ir caminando hasta que se cansase. Luego tomaría un taxi, pues su universidad quedaba lejos. Caminando algo apresurado, tampoco podía pasarse toda la noche en camino.
Trato de correr, pero así se cansaría más. Camino un par de cuadras hasta que vio un taxi pasar y corrió hasta que el taxi se detuvo. Le dio la dirección y le pidió que lo llevara lo más rápido posible.  Alejandro aprovecho los minutos en el carro para respirar, tomar calma y hacer lo que le tocaba hacer bien.
En menos de lo que espero, el taxi llego a su destino. Ahí estaba, frente a la universidad. Ahora era hora de entrar. Debía de haber alguna ventana olvidada de cerrar. Lo que Alejandro no sabía era que ya era la una y algo había empezado a resonar en los pasillos.
La temperatura empezó a bajar. Sintió un escalofrió a lo largo de su espalda. Se asomó a una ventana que parecía abierta y miro hacia adentro. Era una habitación que  nunca había visto y lograba escuchar voces de alguien ensenando.
Desempañado la luna noto la singularidad del profesor dando la lección. Sus ojos tenían un celeste cristalino y su piel más blanca que el mármol. Aquellas personas no podían estar vivas. Quedo paralizado. Solo tuvo el control para dar un paso atrás.

Sin querer, tropezó con algo que lo dejo inconsciente por unos segundos. Cuando abrió los ojos, el color negro del cielo fue reemplazado por el blanco del techo de su habitación. Nunca más iba a dejar que el miedo a un examen lo llevara a decisiones malas. 

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