martes, 9 de julio de 2013

¡Otra historia de vampiros!

Escuché a mi mamá llamándome por mi nombre completo para cenar. Hizo que dejara de lado mis pensamientos y volviera a la cruel realidad, así que bajando lentamente las escaleras llegué al  comedor. Agarré las pastillas de color azul que debía de tomar despues de la cena sin que nadie me lo recordase, algo que me resultó muy extraño.

Me senté al lado de mi papá que estaba leyendo el periódico y al darme la vuelta vi a mi abuelo con la oreja pegada a la radio. Mi mamá y mi abuela seguían en la cocina, y cuando abrieron la puerta, inmediatamente pude percibir el desagradable olor del brócoli: ese vegetal verde con forma de arbolito odiado por todos. Hice una mueca de desagrado que causó gracia a mi papá pero que enojó a mi mamá.

-Sé que te encanta y que lo comerás todo- dijo mi mamá con mucho sarcasmo en mi voz. Yo rodee mis ojos y ella soltó una sonora carcajada. –Bueno hija, come lo que puedas.

De alguna forma pude comer todo lo que me habían servido con un esfuerzo sobrehumano para tomar mis pastillas. Y después de varios vasos de refresco, varias lavadas de dientes y desperdiciar gran cantidad de enjuague bucal; finalmente pude sacarme ese desagradable sabor de la boca. Ya estando más calmada, fui a mi cuarto a buscar mi casaca morada y mi bolso para ir a la clínica.

Al llegar vi la clínica un poco más grande de lo que recordaba. Me dio la impresión de que había menos pacientes y que los pasillos estaban más iluminados, pero con los mismos doctores y enfermeras correteando de un lado a otro. Sentí que iban a empujarme por lo que me aferré a mis papeles médicos y me acerqué a la recepción rápidamente como si mi existencia dependiera de ello. La señorita  con sonrisa amable me atendió  mejor de lo que esperaba y después de revisar mis papeles me indicó la sala a la que debía dirigirme.

El tratamiento fue casi el mismo de siempre. Las mismas recomendaciones, unos cuantos cambios de pastillas… A excepción de una extracción de sangre para investigar más a fondo qué era lo que tenía. Me regalaron un caramelo de fresa al salir del consultorio y me hicieron sentir como una niña de cinco años.

Decidí tomar el camino largo a casa pasando por el parque. La luna llena se reflejaba en la laguna y los grillos no dejaban de hacer ese estresante sonido que resonaba por todo el lugar gracias a los grandes árboles. Por alguna extraña razón; la fuente de agua, que se encontraba exactamente al medio del parque, estaba apagada por lo que pensé que algo raro estaba sucediendo.

Me senté en una de las pocas bancas de madera alumbradas por faroles debido a que me sentía agotada. Para no aburrirme saqué un libro que siempre llevaba en mi bolso. Este libro estaba relacionado con una extraña obsesión mía: los vampiros.

De todos los libros que había leído hasta entonces, todos llegaban a la misma descripción: los vampiros se supone que son criaturas nocturnas con colmillo perfectamente blancos, piel extremadamente blanca y misteriosamente hermosos. También se supone que se queman con el mínimo contacto de luz solar y que sus irises se tornan de un color rojo carmesí cuando están comiendo, es decir, cuando consumen sangre humana.

Este era mi libro favorito y no importaba cuantas veces lo leyese, la trama siempre me atrapaba, una y otra vez. Me fascinaba la forma en la que el autor había escrito la historia, era mi sueño poder conocerlo y escribir una historia con él.

Justo en el momento en el que llegué a la parte en la que se revelaba toda la verdad, me sentí  observada. Levanté  la vista por encima del libro curiosamente pero no había nadie, traté de retomar la lectura; pero sin embargo, no podía concentrarme del todo porque en mi mente rondaba la idea de que había alguien cerca de mí.

Y no estuve equivocada porque sentí una mano fría tocándome el hombro levemente. Y cuando volteé, me topé con los ojos más hermosos que había visto en toda mi existencia. La luna se reflejaba en ellos como si fueran lagunas y ocultaran muchos secretos.

Su cabello era de color carbón con destello azules y estaba levemente despeinado por la parte de atrás dándole un toque de rebeldía. Sus labios húmedos al parecer estaban manchados de sangre, ya que tenían marcas rojas y me llamaban como nunca.

No sé por qué, pero sus facciones se me hacían conocidas. Y no porque lo había visto, ya que nunca he sido buena recordando rostros; sino que se me hacía muy similar con el vampiro del libro que estaba entre mis manos. 

-Eh, hola.- sonreí nerviosamente. 

-Hola.- responde él muy secamente por cortesía.

-Me tocaste el hombro. -no quise sonar muy obvia por lo que rápidamente formulé una pregunta: -No es común que las personas pasen por aquí a estas horas ¿Necesitas algo?

-Sólo estaba dando una vuelta. ¿Acaso es un crimen? -respondió él con una media sonrisa. -Además, al verte sola en medio de la noche, al igual que yo me hizo pensar que no te haría mal un poco de compañía.

No pude evitar soltar una pequeña carcajada al escuchar su último comentario. Y a los pocos segundos, él me acompañó con una ronca risa también. Parecíamos un par de tontos enamorados. Un momento, ¿enamorados? No pude evitar verlo a los ojos fijamente y él me devolvió la mirada. Sus ojos tenían un brillo que nunca antes había visto en los ojos de alguien y sentí como unas cosas raras revoloteaban en mi estómago.

Pero ya no mostraba sus dientes. Seguía sonriendo, y por alguna extraña razón no había podido ver sus dientes. La curiosidad me carcomía por dentro. Me moría por ver su sonrisa, su hilera de dientes perfectamente blancos. Por lo que me propuse a hacerlo reír de nuevo.

Sin embargo, todo se vio arruinado cuando sonó mi celular. Lo saqué rápidamente del bolsillo para luego darme cuenta de que era un tonto mensaje de publicidad. Hice una mueca fastidiada y él rió bajando la mirada, como si no quisiera que vea su sonrisa.

Nos quedamos en silencio durante unos minutos, algo incómodos. Pero él lo rompió poniéndose de pie de la nada.

-Creo que deberíamos ir yendo- mencionó él

-¿Por qué estás hablando en plural?

-¿A qué te refieres por plural?

-Ya sabes, de tú y yo.

-Al vivir cerca, pensé en ir juntos.

Me encogí de hombros, y a un paso ligeramente lento nos dirigimos primero a mi casa. Supe que mi mamá estaba molesta; pero que si traía a un chico a casa, tal vez cambiaría de opinión. Toqué el timbre desesperadamente, ya que el silencio incómodo entre ambos se había vuelto algo insoportable; y tal como lo había previsto, mi mamá salió molesta por la puerta. Sin embargo, su expresión cambió por completo cuando vio que estaba acompañada por un lindo chico.

-¿Te molestaría presentarme a tu amiguito querida? – mi madre preguntó, curiosa como siempre.

Estaba a punto de responder; pero mi acompañante, hasta entonces anónimo, se adelantó y se presentó.

-Soy Alexander, un compañero de clases de Jasmine.

-¡Oh! ¡Qué gusto conocerte Alexander! Pasa por favor.

-No, no hay problema...- dijo él amablemente -Tengo cosas por hacer, gracias por la invitación.

-No tienes la más remota idea de cuan agradecida estoy por haber traído a Jasmine a casa. Al menos quédate mañana a almorzar como muestra de agradecimiento.

-Preferiría que fuese en la noche por favor, tengo un compromiso mañana al medio día.

-Creo que Alexander ya se tiene que ir yendo mamá… Ya sabes, mañana es domingo, tiempo de familia- resalté interrumpiendo al chico de ojos bonitos.

Me pregunté internamente por qué rayos había dicho eso y me arrepentí profundamente por haberlo hecho. En realidad quería pasar tiempo con Alexander.

-Ay ¡No seas grosera Jasmine! ¿Te nos unes mañana para la cena, entonces?- volvió a preguntar mi mamá, mirandome furtivamente.

Alexander me grió su mirada hacia mí y a mi madre como si estuviera pensándolo, y luego de unos segundos de suspenso decidió aceptar. Después de que haya tomado la decisión que agradecí en mi interior; prosiguió a despedirse, empezando por mi mamá. Y cuando estuvo a punto de despedirse de mí, la puerta de cerró en nuestras caras dejándonos a los dos solos en la entrada de la casa. Agradecí de alguna forma que mi mamá respete mi vida privada.

-Fue un gusto conocerte Jasmine. Supongo que nos vemos mañana.- me dijo, haciendo un ademán con la mano.



Sonreí al escuchar su comentario y para mi sorpresa me devolvió la sonrisa dejándome ver sus dientes. Pero algo me llamó la atención. Sus caninos eran muy distintos a lo que acostumbraba ver siempre. No dudé en sacar mi polvo de compacto de emergencia y mirar por el espejo cuando se volteó para irse. Tenía que asegurarme de que no estaba alucinando puras tonterías. Pero Alexander no estaba ahi, cuando se suponía que sí debería de aparecer en el reflejo del espejo. Solo una frase cruzó mi mente en ese momento: Alexander era un vampiro.

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Escrito por Claudia Cavero y Alessandra Haji

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