Una sonrisa con poca gracia
Con
la almohada sobre su cabeza José Mario
seguía intentando dormir. Había sido despertado en la madrugada por ruidos
extraños, los cuales no sabía de dónde venían. Tenía que ser de algún lugar de
su cuarto pero no lo podía descifrar debido a que este era muy grande. Los
sonidos que escuchaban eran más bien poco comunes, se asemejaba a una risa,
pero no cualquiera, era muy aguda y chillón. Parecía que se estaban burlando de
alguien.
Despierto,
se levantó muy tranquilo a pesar de lo
que había pasado en la noche. En realidad era un niño muy risueño, de baja
estatura y la cara llena de pecas. Hace un mes había cumplido siete años y su
padre le había obsequiado su primera
pelota de fútbol. José salió de su cuarto y fue a decirle buenos días a su papá y también le
preguntó si es que iba hacer algo especial por las vacaciones de Julio. Él le
respondió que no tenía nada en la mente, pero si quería podían ir a jugar
fútbol con la pelota que le había obsequiado.
Luego
de una intensa mañana de fútbol, padre e hijo volvieron caminado a su casa,
yendo como las calles y casas se habían contagiado del patriotismo que
correspondía al mes de la independencia. Otro acontecimiento que rodeaba estos
tiempos era la abundancia de presentaciones circenses en la capital. Por lo que
había mucha publicidad en las calles. En su retorno, José Mario vio uno de
estos panfletos tirados en el piso y lo recogió. Se lo enseño a su padre con la
intención de que lo lleve, pero él no se
veía muy entusiasmado con la idea y lo ignoró.
Al
llegar a su casa; Rafael, el padre de
José Mario, se dirigió al bar y se sirvió un whisky con cubos de hielo; cogió
el panfleto del circo y se sentó en su sofá. Con los ojos fijamente puestos en
esta publicidad, Rafael comenzó a recordar nerviosamente su niñez y sus
recuerdos se mezclaron con la sonrisa de su hijo al momento de ver este
panfleto. Un poco inseguro de su decisión se acerco a la puerta del cuarto de
su hijo y le preguntó un poco temeroso, si realmente quería ir al circo. El
niño le respondió que sí y entonces de manera muy pausada, le contestó que
irían esa misma tarde, entonces salió del cuarto meditando, pensando en cuál
sería su reacción en el circo.
Mientras
pasaba la tarde y se acercaba la función del circo, Rafael pensaba otra vez en
cómo actuaría al estar ahí, si cerraría los ojos, o solo pensaría en cualquier
otra cosa para no prestar atención a lo que estaría sucediendo en frente suyo.
Una vez en el circo, estacionaron el auto y se introdujeron en la carpa. Allí se
ubicaron cerca del escenario para apreciar el espectáculo y al poco rato se
apagaron las luces. Comenzó la función y
vinieron a la mente de Rafael todos sus recuerdos como una estampida.
La
niñez del papa de José Mario no había sido fácil, debido a que su padre lo había
maltratado de pequeño y desde aquella vez le había tenido mucho miedo. Además
de esto, el abuelo de José Mario habría tenido una profesión muy particular,
algo que si la mezclas con temor puede generar una fobia para toda la vida. Su
abuelo habría sido un payaso, pero no cualquiera, era un payaso ventrílocuo.
Trabajaba con un muñeco con cara de payaso y con una sonrisa espeluznante.
Desde el momento en que el padre de Rafael lo habría maltratado, él comenzó a
soñar con payasos que lo querían matar y en especial con el muñeco que tenía su
padre.
De
vuelta al circo, los nervios tenían a Rafael muy angustiado y no sabía qué
hacer. José Mario estaba muy atento a lo que pasado en frente de sus ojos hasta
que comenzó el número del payaso ventrílocuo. Por alguna razón esto le genero
mucho miedo y casi llorando le pidió a su padre que se fueran. Para Rafael fue
un alivio pues también quería salir; sin embargo empezó a preocuparse porque
sentía que su hijo tenía el mismo miedo a los payasos como él.
De
regreso a casa, Rafael trataba de
tranquilizar a su hijo como podía tratando de explicar que los payasos eran
gente normal, solo que disfrazada y que eran inofensivos. Ya entrando al
departamento, José Mario le dijo a su papa que seguía con miedo. Esa noche no
podía dormir y su papá tuvo que acompañarlo para que pudiera conciliar el
sueño. Cuando estuvo dormido, Rafael se fue a su cuarto pensando cómo iba a
pasar la noche su hijo. Llegó a su cuarto, se puso pijamas y se fue a dormir.
Así
transcurrida la noche tranquilamente hasta que en el cuarto de José Mario se comenzó a escuchar los
mismos ruidos de días anteriores y con ellos se despertó. Se puso un poco
nervioso y asustado, así que decidió mantenerse escondido debajo de sus
sabanas, aun así el sonido crecía y la tensión aumentaba, José Mario no sabía
qué hacer. En un acto de valentía, salió de entre sus sabanas y fijó la mirada
en el estante frente a su cama, específicamente en la última repisa donde habían
varios peluches. De pronto, vio que algo se movía allí y prestó más
atención; luego una pequeña sombra salió
y bajó rápidamente por un costado del estante. José Mario sin reacción se quedó
paralizado y vio como está sombre salía de su cuarto apresuradamente. En ese
instante no sabía si llorar o llamar a su padre y decidió finalmente refugiarse
dentro de sus sábanas creyendo que era un escudo contra cualquier cosa.
A
la mañana siguiente José se levanto
todavía un poco asustado y confundido por lo que había visto esa madrugada.
Comenzó a recordar detalladamente lo que había visto ya que anteriormente no lo
había hecho por la sorpresa. Así se le vino a la mente la imagen de esa extraña
silueta. Recordó que llevaba un sombrero muy peculiar en forma de cono, también
tenía unos zapatos un poco grandes a comparación de su cuerpo y finalmente
tenía su nariz en forma redondeada. Aunque tenía en mente todos estos detalles
no lograba recordar a la perfección el rostro de esta criatura, pero si
reconoció que tenía la fisionomía de un muñeco.
José
Mario se quedó con la intriga de saber como era la cara de ese muñeco aunque un
poco asustado porque no sabía de donde era. No le contó nada a su papá para no
preocuparlo más. Así llego la noche nuevamente.
Rafael
le daba un beso de buenas noches a su hijo para irse a dormir, mientras que la
luna llena iluminaba su habitación. Ambos estaban contentos y muy tranquilos. Cuando
el papá se fue por fin, José se refugió nuevamente dentro de sus sábanas y se
quedó profundamente dormido. A la mitad de la noche, volvió es escucharse esas
risas y el pequeño volvió a levantarse. Esta vez, él decidió quedarse protegido
por sus sábanas porque sabía que iba a pasar,
y efectivamente así fue: volvió a salir el muñeco de su estante y
descendió por un costado pero esta vez al pasar por la luz de la luna, su
rostro se vio reflejado, algo que José quería conocer al principio pero no
sería lo mejor para él. Luego de unos minutos que permaneció despierto supuso
que este personaje ya había salido de su cuarto y cuando iba a conciliar el
sueño sintió un leve tironeo de sus sábanas, como si alguien estuviera trepando
por ellas. En ese momento, José comenzó a asustarse porque no sabía de que se
trataba y ni si quería imaginar quien podría ser, entonces agarró sus sábanas
con mucha fuerza para sentirse seguro. Los ruidos se hacían más y más cercanos,
hasta que José sentía que venían de enfrente suyo pero no se atrevía a descubrirlo
por si mismo. Se quedó unos segundos paralizado y con escalofríos cuando de
repente sus sábanas son quitadas, quedando frente a frente con lo sonrisa más
escalofriante se que pudo haber topado, la de un horrible payaso. Por el gran
shock que tuvo José no dijo ni una sola palabra, solo atinó a cerrar los ojos y
después de varios segundos pensando en que todo había sido parte de su
imaginación abrió nuevamente. No podía creer lo que estaba viendo, se había
trasladado a otra dimensión. Estaba en un circo rodeado de payasos, su peor
pesadilla.
Santiago
Neira y Fabrizio Rivva

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