- Ya lo discutimos José, tienes que acompañar a tu abuela, ella es mayor y no ve muy bien, además te quiere tanto...
- ¡Hazlo tú! -la interrumpió José.
Su madre dio un respiro profundo y con santa paciencia le explicó lo que ya le había dicho tantas veces: Que por más que fuera feriado tenía que ir a una entrevista de trabajo y no podía acompañar a la abuela. José refunfuñando, aceptó y fue a cambiarse. Cinco minutos más tarde, se encontraba yendo a la casa de su abuelita. Al llegar, la encontró con un hábito morado.
- Señora Panchita, ¿cómo está? Le encargo a mi José.
- No se preocupe, yo se lo cuido.
José vio a si mamá irse a toda prisa. Su abuelita le ofreció almuerzo, pero el se negó y subió a ver la televisión. La anciana se resignó y le dijo que en diez minutos salían. Pasado este tiempo, tomaron un taxi y se fueron a la procesión. En el camino José pudo apreciar varias casas "coloniales", como decía su abuela.
Pero lo que más le llamó la atención fue aquella en la que se encontraba un gran restaurante moderno, en comparación de los otros. El taxista, que se veía disgustado, los dejó siete cuadras antes. José la siguió mientras se internaban en ese mar de gente. Ella era sahumadora, lo que le fastidió mucho. El olor que emanaba el incienso era fuerte y le hacía lagrimar los ojos. Pasaron un par de minutos y José sintió hambre. En eso, vio pasar a una joven morena de veinticinco años vendiendo turrones. Se le hizo agua la boca y rebuscando en los bolsillos de su pantalón encontró un billete de diez soles; era la propina del mes. Entonces soltó la mano de su abuela, que ahora parecía preocupada por algo incomprensible. Fue corriendo hacia la señorita. A pesar del gentío logró comprar un turrón pequeño. Luego regresó al mismo lugar pero no encontró por ninguna parte a la anciana. Empezó a mirar a su alrededor, desconsoladamente. Lo único que lograba ver eran un montón de zapatos. Cuando miró hacia arriba buscando el rostro de su abuela solo consiguió ver fue miradas distantes, absortas en la procesión. Parecía que no le importaba a nadie, como si fuera invisible.
Se imaginó a su abuelita angustiada, entre las filas de devotos, buscándolo. Con ese rostro contraído y arrugadito que tanta pena le daba. Pero el tiempo seguía su curso incansable y ella no aparecía.
- ¿Dónde estás? ¡Mírame, mírame aquí estoy! ¡Diosito, haz que me encuentre! -pensó desesperado el pobre José.
Empezó a saltar moviendo los brazos, llamándola. En uno de esos saltos, se le dobló el pie derecho y cayó adolorido. Se quedó sentado,quejándose del dolor. Como estaba agachado, ahora sí nadie lo veía. La gente avanzaba siguiendo la imagen, la gente se apretujaba aún más para poder recibir alguna bendición al tocar el anda.
Entonces, al darse cuenta de que el tumulto de gente se estaba alejando, decidió pararse, no obstante, mientras lo hacía, un señor apurado lo derribó, hacien que cayera al suelo estrepitosamente. Para su mala suerte, se golpeó la cabeza y cayó desmayado.
Al despertar estaba todo desolado, no había un alma en derredor.
Pensó que nadie lo había visto y se habían marchado sin más.
Empezó a correr buscando a su abuela, pero no la encontró. Ya se estaba dando por vencido , cuando recordó aquellas "casas coloniales" que le habían llamado la atención. Caminó sin rumbo hasta encontrarlas. A primera vista eran iguales a como las recordaba, sin embargo al acercarse se daba cuenta de uqe estaban mejor pintadas y sin telarañas en las esquinas. Le parecieron extrañas. Era imposible que las hubieran pintado tan rápido. En eso, aparecieron dos personas, una grande y una chica que iba a su costado. Al aproximarse, notó que estaba yendo de la mano, así qu supuso qu eran madre e hijo. No supo porqué, pero esas caras le parecían familiares. Decidió entonces seguirlas para no sentirse tan solo. (La calle estaba casi desierta, bueno, era de noche...). Por suerte para él, se detuvieron al poco tiempo para ingresar a un bazar. José se agazapó detrás de la puerta, de modo que podía ver lo que hacían sin que notaran su presencia. Ya el sol se había ocultado y tenía hambre. Al parecer les pasaba lo mismo a la señora y a su hijo. El chico quería algo dulce, y por ser Octubre, su mamá le compró un turrón y un jugo surtido mientras ella pedía un emparedado de jamón de pavo con lechuga y un café bien cargado. Al verlos, se le hizo agua la boca. Los miraba muerto de hambre y con retortijones de panza. Ambos estuvieron callados por unos minutos, concentrados en su pequeño lonche, hasta que el niño comentó:
- ¡Ya me sé el Himno!
- A ver, cántalo...
- "Señor de los Milagros, a ti venimos..."
- Vamos, sigue que te está saliendo muy bonito.
- "... en procesión, tus fieles devotos a implorar tu bendición" .Concluyó con voz entrecortada y aguda: ¿Te gustó?
- Por supuesto, te felicito. Pero es tiempo que termines tu turrón.
- Es que ya me llené.
- Y ahora, ¿qué hacemos? No lo vamos a botar.
En ese instante se prendió una pequeña luminaria en la cabecita de José. Entró en el bazar, envalentonado por su creciente apetito y por las últimas palabras de la dama.
- Buenas noches -empezó.
- ¿Me regalaría lo que queda del turrón? -terminó ansioso y dubitativo.
La señora se lo dio con un poco de extrañeza. José se percató de este gesto y decidió irse rápidamente. Al retirarse pudo notar que el chico que se encontraba con la señora era... ÉL. Tuvo ganas de voltear pero se contuvo. Salió de la tienda y devoró los restos del tradicional postre.
Sin embargo, no se fue realmente, tan solo se escondió en una quinta cercana.
Asombrado por su descubrimiento, evocaba una y otra vez al niño del turrón. Cada vez se convencía más que era él mismo. Era absurdo, empero tenía sus mismas facciones, su misma altura, parecía de la misma edad, incluso la manera de comer era igualita a la de él. José recostóse en una pared y pensó para sí:
- ¡Acabo de ver a mi otro yo! Es imposible, no tengo hermanos, ni mucho menos mellizos. A lo mejor es una pesadilla, sin mi mamá, sin mi abuelita, sin nadie que conozca, estoy solo.
Empezó a pellizcarse, para ver si era un sueño, no funcionó, todo siguió igual.
- Esto no es un sueño, es real. ¿Dónde estará mi abuelita? ¿Se habrá cansado ya de buscarme? ¡NO! Ella debe de estar muy triste, nunca me abandonaría. Pobrecita, que malo que fui con ella, no merecía que la tratase así. Ella me quiere, me cuida y me regala juguetes. ¡Y ya NUNCA más la voy a volver a ver!
Sigilosamente empezó a llorar quedito, hasta quedarse dormido.
Al levantarse se sintió aturdido; muchos extraños lo rodeaban. Aún no salía de su perplejidad, cuando oyo una voz muy familiar...
- ¡Pepe! ¡Pepe! Gracias a Dios, que estás bien. ¿Dónde te habías metido? ¿Por qué te soltaste? -exclamó Doña Panchita, ahogándose en sus propias lágrimas.
- Ay, Pepe... ¿POR QUÉ ME HAS HECHO ESTO? -siguió lamentándose mientras lo ayudaba a ponerse de pie.
José la abrazó conmocionado y no la quería soltar por miedo a que se esfumara.
- Abue, perdóname. Nunca más te asustaré así -musitó en su oreja.
- Tranquilo, ya pasó, ya pasó, pero mejor irnos ahora antes de que te extravíes de nuevo.
De modo que tomaron un taxi y se embarcaron. Ya se encontraban a mitad de camino cuando José dijo con tono inocente:
- Abue, olvidé mi turrón.
Por: Natalia Vindrola y Sofía Diez
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comenta ¿Sí?: